domingo, marzo 14, 2004

Mea culpa

Antes de pasar revista a las obras que más lo conmovieron, trata de comprender por qué su inofensivo entusiasmo por la rubia substancia es percibido por la sociedad como un asunto tan escabroso. Después de todo, como indica la fórmula química que abre el libro, sólo se trata de sales minerales y un poco de urea, un líquido perfectamente fresco y potable. ¿Es necesario agregar que ni siquiera engorda?
La tesis de Koster es la siguiente: "La orina, como todo lo que, físico y moral, toca la esfera genital -lugar privilegiado del deseo y del asco, funciones de la voluptuosidad y la excreción, lugar de la retención o de la incontinencia-, sugiere imágenes donde se alternan el néctar y la inmundicia, el anatema y la celebración". Así, la perturbadora ambigüedad que supone la vecindad de los orificios con sus múltiples roles, la mezcla de aromas y sabores, explicaría en parte la aprehensión que suscita el pis. Es entendible entonces que muchos opinen que nada bueno puede salir de esta promiscua región. Inter faeces et urinam nascimur ("Entre heces y orina nacemos"), recordaba con severidad san Agustín. Para quien abandonara su primera vocación de libertino sexual, estaba claro que la escatológica puerta de entrada al mundo no hace más que remitir a una humanidad condenada al pecado.
La represión religiosa, escandalizada frente a la superposición de las zonas urinarias y erógenas, parió un sinnúmero de oscuros preceptos morales. Aunque, al mismo tiempo, engendró conductas menos católicas. Una de las contrapartidas más elocuentes de esta censura tuvo curso del Medioevo al Renacimiento. En este período, al hombre que quisiese exorcizar su temor a la impotencia sexual se le recomendaba vivamente "mear en el agujero de la cerradura de la iglesia donde se había casado".
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